El señor
Me volví a acordar de esa noche.
Viajaba en el colectivo, tenía una distancia de una hora y media para llegar. Tenía que estar en ese lugar a las 20, pero eran las 19.30 pasadas y todavía me faltaba más de la mitad del trayecto. Luego de aquél plan tenía arreglado verme por primera vez con una persona que sólo conocía por fotos... y cámara.
Llegué a Belgrano, me arrepentí de tener tanta demora, bajé y entré a un bar del cual tenía mucha curiosidad hacía tiempo. Le avisé dónde estaba. Me senté en la barra, al lado mío se encontraba un señor ya anciano, también solo, cuando me senté tuvo que mover su bastón que ocupaba tres butacas. Del otro lado, unos cuatro jóvenes españoles esperaban a una quinta persona. Pedí un americano - "¿Café?" preguntó el barman. - "No, el trago" respondí esperando que no tenga más cuestiones.
No era la primera vez que entraba sola a un bar, solía hacerlo antes de entrar a recitales o para esperar a otras personas, pero esa noche sentía una mezcla de temor por dudar de lo que iba a ocurrir, impaciencia de que el entorno tan mezclado no me deje concentrar, sentía mi soledad por pasar un domingo en un bar oscuro, ni siquiera lleno y lejos de la gente que sí me quería.
Ya había terminado mi trago, pagué la cuenta, esperé unos minutos más hasta que llegó él. Tal cual como lo recordaba, lo notaba como alguien que se esforzó por estar presentable y lo logró, al principio sentí que su impresión por mi no fue lo que esperaba, se quedó callado, me miraba con ojos grandes, pero luego en el auto me dijo que era mejor de lo que creía.
Así comenzó algo que duró meses, nos veíamos una o dos veces por semana, salía de la facultad e iba a su departamento. Algunas mañanas lo sintonizaba en la radio y en varias tardes lo miraba a escondidas porque siempre detesté los programas de chimentos, pero por él y sus lindas camisas lo ponía hasta en las teles del trabajo.
Sentía una adrenalina pura cada vez que caminábamos abrazados, su edad y reconocimiento me hacía sentir con miedo, nadie de mi entorno tenía la certeza de lo que sucedía en las noches que me alejaba de casa.
Cuando conseguí mi actual trabajo estable nos empezamos a distanciar, mis horarios cambiaron, al igual que mis nuevos contactos y las largas noches.
Hace unos meses empecé a trabajar en Belgrano, todos los días paso por la puerta de aquel bar que resultó ser nuestro primer punto de encuentro y el principio de algo que todavía añoro con revivir. Fue un secreto bien guardado, una aventura sin desperdicios, fuente de aprendizajes sin límites.
Viajaba en el colectivo, tenía una distancia de una hora y media para llegar. Tenía que estar en ese lugar a las 20, pero eran las 19.30 pasadas y todavía me faltaba más de la mitad del trayecto. Luego de aquél plan tenía arreglado verme por primera vez con una persona que sólo conocía por fotos... y cámara.
Llegué a Belgrano, me arrepentí de tener tanta demora, bajé y entré a un bar del cual tenía mucha curiosidad hacía tiempo. Le avisé dónde estaba. Me senté en la barra, al lado mío se encontraba un señor ya anciano, también solo, cuando me senté tuvo que mover su bastón que ocupaba tres butacas. Del otro lado, unos cuatro jóvenes españoles esperaban a una quinta persona. Pedí un americano - "¿Café?" preguntó el barman. - "No, el trago" respondí esperando que no tenga más cuestiones.
No era la primera vez que entraba sola a un bar, solía hacerlo antes de entrar a recitales o para esperar a otras personas, pero esa noche sentía una mezcla de temor por dudar de lo que iba a ocurrir, impaciencia de que el entorno tan mezclado no me deje concentrar, sentía mi soledad por pasar un domingo en un bar oscuro, ni siquiera lleno y lejos de la gente que sí me quería.
Ya había terminado mi trago, pagué la cuenta, esperé unos minutos más hasta que llegó él. Tal cual como lo recordaba, lo notaba como alguien que se esforzó por estar presentable y lo logró, al principio sentí que su impresión por mi no fue lo que esperaba, se quedó callado, me miraba con ojos grandes, pero luego en el auto me dijo que era mejor de lo que creía.
Así comenzó algo que duró meses, nos veíamos una o dos veces por semana, salía de la facultad e iba a su departamento. Algunas mañanas lo sintonizaba en la radio y en varias tardes lo miraba a escondidas porque siempre detesté los programas de chimentos, pero por él y sus lindas camisas lo ponía hasta en las teles del trabajo.
Sentía una adrenalina pura cada vez que caminábamos abrazados, su edad y reconocimiento me hacía sentir con miedo, nadie de mi entorno tenía la certeza de lo que sucedía en las noches que me alejaba de casa.
Cuando conseguí mi actual trabajo estable nos empezamos a distanciar, mis horarios cambiaron, al igual que mis nuevos contactos y las largas noches.
Hace unos meses empecé a trabajar en Belgrano, todos los días paso por la puerta de aquel bar que resultó ser nuestro primer punto de encuentro y el principio de algo que todavía añoro con revivir. Fue un secreto bien guardado, una aventura sin desperdicios, fuente de aprendizajes sin límites.
Hermoso pasar por acá. Saludos.
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