inTRANQUILA

El viernes viví una noche que mi yo de 14 años estaría muy ansiosa por haberla vivido desde el comienzo hasta el final con mucha energía y alegría. 
Estas semanas reformé el blog y entre las tareas que demandó, las de seleccionar cuáles entradas dejar y cuáles borrar fue un hecho que me generó dos noches de lectura, recuerdos y pensamientos. 

Muchas de estas entradas que seleccioné para que vayan directo a la opción del tacho de basura, tenían que ver con una pequeña yo transitando los primeros años de adolescencia, en búsqueda de una personalidad, de personas confiables, de amores claramente no correspondidos, con la misma pasión que todavía albergo pero con misterio de sentir lo que todas las amigas que tenía en aquella época les fascinaba: los boliches.
Pasaba semanas planeando con quién ir, cómo ir, qué ponerme, qué inventarle a mis padres para no decirles que iba a ir en colectivo aún siendo una menor que ni sabía cuál línea la llevaba a su casa, queriendo pasar a lugares para mayores lo cual todavía me faltaban años de acertadas decepciones, quería pasar noches fantásticas rodeada de gente que poco tenía que ver conmigo. Claro, llegaba el día y me cancelaban pocas horas antes o mis padres no me permitían irme sin el acompañamiento de un mayor confiable. 
Fueron años de enojos, rabietas, pensando que no me querían o que yo tenía la culpa de algo, años de inocencia que actualmente veo perfecta. El papel que tomaron mis padres en aquel momento, hoy por hoy es algo que admiro. 

Hace dos semanas cumplí 22 años. De sólo escribirlo hace que mi corazón lata más rápido, ya no soy una niña queriendo llamar la atención. Vivo a costa mía, con una libertad infinita creada a partir de la falta de las únicas personas por las que podía rescindir una invitación. 
Hay veces en las que yo misma me pongo los límites en esta libertad, es mucho más difícil de lo que parece. 

Este viernes pasé una noche que no tuvo nada de malo, es más, sonreí y bailé tanto que olvidé por completo que estaba en un boliche sola, eran las 2 am, estaba lejos de mi casa, en pocas horas tenía que trabajar, pero por un momento pensé en lo que expresaba en palabras sin contenido hace años. Y además, tuve mucho miedo.

Nunca había ido a Crobar, de seguro porque no es mi pensamiento actual el de asistir a un lugar donde la gente empuja, es grosera y la música no es lo que quiero escuchar. Este lugar se encontraba en un recoveco de Palermo, la única manera de llegar era caminando o taxi. Las 23 horas no me pareció un horario en el cual tenga que gastar efectivo, la calle estaba bien iluminada y transitada. Caminando por Juan B. Justo me situé justo atrás de dos chicas que parecían ir al mismo lugar, fueron tres cuadras en las que estaba a pocos metros por miedo a que aparezca alguien y quiera hacerme algo, o que frene un auto y me lleve. Sirvió por ejemplo, cuando pasó un grupo de cinco chicos, me pegué a ellas y creo que no me vieron. 
Cuando camino por esta localidad suelo hacerlo con seguridad, sola, a cualquier hora del día. Ese día tenía miedo, miré los noticieros antes de salir de casa y me despedí de mi familia como si fuese que no los vería más. Esta seguridad que suelo tener, ese día se desmoronó por completo, caminé agarrando mis pertenencias con fuerza, me calcé unos zapatos lindos pero aptos para correr, no vestía ninguna prenda que pueda ser motivo de acercamiento. 
Al llegar al lugar me encontré con que no había gente, era "temprano", para mi suerte la cuadra estaba poblado de bares y gente, me senté a esperar hasta que divisé que ya había unas pocas personas formándose para entrar. 
Por fortuna, además de ver a una banda que se había adueñado de mi Spotify desde hace pocos meses, también gocé de ver al cantante de otra banda que se apoderó pero de mi corazón el año pasado. Este muchacho se encargó de musicalizar la velada para los valientes que querían pasar la espera en un patio con un poco de frío y mosquitos por doquier, mi excusa que claro que nadie preguntaría era "adentro me sofoco". 
1.20 am comenzó Miami Horror, su música era realmente acorde con este lugar, todos queríamos mover el cuerpo sin parar, con alegría y una cerveza en la mano. Casi hasta me resultaba imposible imaginar escuchando esta música a una pareja que dedujeron desde el comienzo del encuentro que el centro de la pista sería su lugar, los dos mayores de 40 y vestidos en un estilo motoqueros amantes del indie. El público estaba colmado por "la vieja escuela que durante los años que se llevaba a cabo la fiesta, no faltaron ni un día", muchos otros parecían acompañarme en sentimiento de no tener compañía esa noche o la única persona que tenían a su lado fue alguien a quien les costó convencer, pero luego de unas pocas canciones se unían al ritmo. 
Realmente los últimos recitales de bandas internacionales fui sin estar al cien por ciento metida en su música o sus integrantes, con Miami Horror me despertaba y los escuchaba mientras desayunaba, en el transporte al trabajo y a la facultad, antes de dormir, se los presenté a dos personas y sin embargo la decisión de ir la tomé una semana antes. No sabía el nombre del cantante, pero me resultó fantástico verlo tocar la guitarra encima de mi cabeza, colgado de unas barandas del segundo piso, me fascinó aquel tecladista flaco y de pelo largo que parecía que cada tecla recorría cada espacio de su piel, escuché varias veces a mi al rededor que mencionaban el estado del bajista, yo lo vi bailar más que a la mayoría de los que habitaban la pista. 

Esta era una noche que temí, antes de salir de mi casa le dije a mi hermana "voy a volver, quedate tranquila" luego de una larga discusión, pero es que gracias a los sucesos que colmaron las palabras de la sociedad por estos días ya no puedo salir y sentirme protegida, quiero volver a mi casa viva y entera.
"¿Tengo que dejar lo único que me gusta hacer por miedo?" fue algo de lo que grité y pareció ser el punto de encuentro. 

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