Autocontrol
Te miro y me enojo. Te miro y me pongo nerviosa, reacciono mal, no puedo contenerme, me acelero, me cambia el pulso, mi mente se pone en blanco y no puedo saludarte normal.
Me pasa algo, nunca me había pasado y me enojo por eso, porque me haces sentir cosas nuevas.
No puedo evitar hablarte con dobles intenciones cuanto estás solo y no puedo evitar hablarte con disconformidad cuando estás acompañado.
Es todo el tiempo, en todos lados. Hace meses que no puedo evitar mirar dos veces todos los autos negros pensando que pueden ser el tuyo.
Te veo como un hombre sabio, culto, fuerte, con todas las características que me conforman, pero tenes un lado salvaje e inhumano, es el lado que asume que nosotros dos nunca vamos a ser más que dos cuerpos que se entrelazaron unas cuatro, cinco o tal vez siete veces.
Sos el descontracturado que me impulsó a dejar un viejo amor, el que me repitió la frase "no te ilusiones" y el que después no aceptaba verme feliz en los brazos de otro.
Un día llegaste al bar, yo estaba impaciente porque sabía que me venía a buscar un hombre que está loco por mi, pero tuviste que venir vos, vos y tu carisma, tus estresantes ganas de llamar la atención. Te dije una y mil veces a la cara "basta, ya está esto, se terminó" y sin imprudencia me besaste, con fuerza, queriendo demostrar que aún soy de tu puta propiedad.
Pasa el tiempo, no te veo, ocupo mi cabeza con absurdas actividades que parecen darme el aviso de que esto nunca va a dejar de acecharme.
Quizás el peor error fue que me hayas tratado tan bien en el peor momento que vivía, mientras que quien debía estar a mi lado sólo pensaba en la manera más rápida de escaparse. Estaba vulnerable, débil, caí en tu juego. Parecía que podías luchar por mi, me hiciste creer que iba a ser una de esas novelas baratas con final feliz.
Volviste al bar, unas cuantas veces, solo, con amigos, acompañado. Te indignaste conmigo por mis andanzas personales, pero yo nunca merecí decir nada por la cantidad de mujeres que pasaron por las butacas de la barra.
Hoy llegaste, me encontraste sola en la vereda, me abriste la puerta para entrar, mi mente tramposa se acomodó para hacerme creer que me mirabas mientras trabajaba. Te veía desde el espejo, llegué a ese punto que me pareció ser una psicópata. Antes de irte me viniste a saludar, sonreímos, me hablaste suave, con tranquilidad y por último me palmeaste la cola.
¿Quién te crees que sos en mi vida? Sí, sos el que estuvo presente en las noches más increíbles, en comentarios tan incómodos, en madrugadas en tu cama, en mi cabeza todo el tiempo.
Me afirmo a mi misma, no va a pasar nada más, no quiero, me odiaría si caigo devuelta, me entristezco, no quiero, te veo, quiero. Es una obsesión maldita, pareciera un hechizo, me crea un nudo en la garganta sin temor.
No encuentro la forma de que desaparezca. Estoy feliz con una persona a la que no toleras, ni él a vos, sobrellevaste discusiones por mi, ¿todo para qué?
Dejame en paz, o más bien a mi cabeza, a mi vida, a mi corazón.
Me pasa algo, nunca me había pasado y me enojo por eso, porque me haces sentir cosas nuevas.
No puedo evitar hablarte con dobles intenciones cuanto estás solo y no puedo evitar hablarte con disconformidad cuando estás acompañado.
Es todo el tiempo, en todos lados. Hace meses que no puedo evitar mirar dos veces todos los autos negros pensando que pueden ser el tuyo.
Te veo como un hombre sabio, culto, fuerte, con todas las características que me conforman, pero tenes un lado salvaje e inhumano, es el lado que asume que nosotros dos nunca vamos a ser más que dos cuerpos que se entrelazaron unas cuatro, cinco o tal vez siete veces.
Sos el descontracturado que me impulsó a dejar un viejo amor, el que me repitió la frase "no te ilusiones" y el que después no aceptaba verme feliz en los brazos de otro.
Un día llegaste al bar, yo estaba impaciente porque sabía que me venía a buscar un hombre que está loco por mi, pero tuviste que venir vos, vos y tu carisma, tus estresantes ganas de llamar la atención. Te dije una y mil veces a la cara "basta, ya está esto, se terminó" y sin imprudencia me besaste, con fuerza, queriendo demostrar que aún soy de tu puta propiedad.
Pasa el tiempo, no te veo, ocupo mi cabeza con absurdas actividades que parecen darme el aviso de que esto nunca va a dejar de acecharme.
Quizás el peor error fue que me hayas tratado tan bien en el peor momento que vivía, mientras que quien debía estar a mi lado sólo pensaba en la manera más rápida de escaparse. Estaba vulnerable, débil, caí en tu juego. Parecía que podías luchar por mi, me hiciste creer que iba a ser una de esas novelas baratas con final feliz.
Volviste al bar, unas cuantas veces, solo, con amigos, acompañado. Te indignaste conmigo por mis andanzas personales, pero yo nunca merecí decir nada por la cantidad de mujeres que pasaron por las butacas de la barra.
Hoy llegaste, me encontraste sola en la vereda, me abriste la puerta para entrar, mi mente tramposa se acomodó para hacerme creer que me mirabas mientras trabajaba. Te veía desde el espejo, llegué a ese punto que me pareció ser una psicópata. Antes de irte me viniste a saludar, sonreímos, me hablaste suave, con tranquilidad y por último me palmeaste la cola.
¿Quién te crees que sos en mi vida? Sí, sos el que estuvo presente en las noches más increíbles, en comentarios tan incómodos, en madrugadas en tu cama, en mi cabeza todo el tiempo.
Me afirmo a mi misma, no va a pasar nada más, no quiero, me odiaría si caigo devuelta, me entristezco, no quiero, te veo, quiero. Es una obsesión maldita, pareciera un hechizo, me crea un nudo en la garganta sin temor.
No encuentro la forma de que desaparezca. Estoy feliz con una persona a la que no toleras, ni él a vos, sobrellevaste discusiones por mi, ¿todo para qué?
Dejame en paz, o más bien a mi cabeza, a mi vida, a mi corazón.
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